lunes, 31 de octubre de 2016

"Días pares e impares" por Blanca Sarasua

Al meterme de lleno en el libro de Julián Borao, “Días pares e impares”, he tenido la sensación de conocerme un poco mejor.
“Alguien puede llegar, venir de pronto, no sé quién, conociendo/ más que yo de mi vida”, confesaba José Ángel Valente. Y tú sabes, Julián, que desde el momento que se publica un libro, pasa a depender de la creatividad de quien lo lea. Así que déjame expresarme a través de sus palabras.

Desde su primer poema, Julián nos está diciendo que sueña con lo inalcanzable. Cómo me suena esa idea. Estoy hablando contigo desde las faldas de San Miguel de Ereñozar, mi monte en Arteaga, escuchando ladrar a los perros que se comunican desde sus campas acotadas. Y es imposible no contestarte. Es lo que tiene cuando se habla desde la sinceridad. Tu poesía increpa porque nace desnuda, se muestra tal como es. Es el santuario de tu mundo interior. Pero volvamos al primer poema y dejad que os lo cuente:
“Si una sola palabra/conjugara el sentido de las cosas…”, y José Ángel Valente, que ya le hemos introducido en nuestra rueda te contesta: “Nunca sabremos, hasta cuándo o hasta dónde puede llegar una palabra”. Pero sigamos con tu libro.
“Diseñe una ventana y ábrala”, nos dices en tu manual de instrucciones… “pero nunca desdeñe la posibilidad de nubes amarillas…” Qué buena idea, Julián, podemos imaginarnos todo, podemos buscar a Dulcinea; pero no perdiendo pie en el agua, porque todo puede cambiar en un momento.
Y nos encontramos con un día impar: “La mañana es impar, hoy toca sol…” y más adelante: “…sin reducir el tiempo a divisores, toca multiplicarlo/ hasta llegar de nuevo a un día par”. Y cómo tenemos que aprovechar los días impares, esos yelmos que surgen cuando menos se esperan. Hay pocos días impares con el depósito lleno de esperanza, y hay que estirar sus horas.
Y en el siguiente poema, “Día par”, reconoces, “Esta mañana es par. Hoy toca lluvia”.
Un inciso. Ante mí tengo un árbol que se queda sin siesta, porque sus hojas charlan con el viento. Ellas también buscan una conversación que les abrigue.
“Las torres, los tejados, la lluvia persistente,
el despertar distinto a otras mañanas
y este gris que se pega a ras de suelo”,
me cuentas resignado. Pero luego no te conformas, “me aferro a la mañana”, y así resuelves un día gris por dentro.
Y por mi parte te animo a que te aferres también a la conversación entre esas hojas de mi árbol y el viento. Y me río con tu irónico poema, “Disculpen las molestias”, y más adelante me encuentro con una confidencia que comparto: “Abro mis manos/para que me traspase lo infinito. Yo soy sólo mi única certeza”. Exacto, Julián. Es la única certeza que tenemos. Nosotros mismos, aquí y ahora. Lo demás son deseos, impaciencias…
En “Chequeando las horas”, en tu segunda parte, vuelve tu ironía a sorprenderme en ese 23 F que te arruinó el recuerdo de la rotura de tu castidad, por favor, no os lo perdáis. Con qué pocas palabras se puede expresar tanto.
Y mientras os cuento mis impresiones sobre la poesía clara y honesta de este libro, parece que San Miguel de Ereñozar quiere alcanzar el cielo en esta tarde de mirada limpia, y las hojas de mi árbol parece que discuten con el viento. Alguien tiene que llevar la contraria en este quieto día. Y vuelvo a encontrarme con Julián:


“Siempre hay ruidos que adquieren la rutina/de no ser escuchados… y los escucho/cuando cierro los ojos/si penetro en la esencia de las cosas”. 




Quién pudiera, Julián, entender este embrollo donde nos han metido, así, por la cara, sin pedirnos permiso. Tengo que decir que tu poesía incita a la intimidad, a las ideas que merecen la pena. Y cuánto cuesta a veces hacerse ese traje nuevo que propones para empezar otra vez: “No hay prisiones en ti si sabes irte”, dices convencido, aunque a veces resulte imposible romper las rejas. De todas formas, seguro que compartes conmigo este lema: ya tenemos el no, vamos a por el sí.
Descanso un poco. A lo lejos, Santimamiñe. Y pienso que también estuvimos allí. Cuentan que cuando los ciervos se agotaban al multiplicarse los habitantes de la cueva, tuvieron que bajar a la marisma a por ostras y almejas. Por eso se han encontrado tantos fósiles. También nosotros, Julián, a veces tenemos que bajar a la marisma como supervivencia. Y me encuentro con tu genial idea:
“Inexplicablemente/me parece que soy todas las cosas, /me vuelvo transparente y dejo de existir/como mi nombre.” Sí, Julián, y nos absorbe un todo.
Y casi sin darnos cuenta ya estamos en la tercera parte de tu libro: “Amor, tiempos, palabras”. Y me encuentro con tu intimista poema: “Explícame”: “Tú que mides y piensas, explícame/el silencio al que me obligo…” Y termina con un ruego: “Interprétame en ti, sé tú mi pulso/y acomódame a ser lo que no soy”. Ahí queda eso.
Se acuesta el día, y la noche se muestra sorprendida ante una luna llena. Los “homo sapiens” de Santimamiñe están a punto de salir bailando por el monte, con su ritual que aún no ha terminado. Pasa la noche y nace un nuevo día que promete calor como el de ayer. Y prosigo buscando tus días impares: “Después de cierto tiempo sin entender/mi síndrome de ausencia/me estoy reconstruyendo esta mañana”. Parece que empieza bien el día, al menos en tu poema “Restauración”. Y en “Nada es lo que creo”: “He invocado el mensaje en la botella/que tiramos al mar hace algún tiempo”… Julián canta en voz alta su poesía por todo lo que a veces callamos.
 “No importa que me envuelva en los enigmas/porque todo es enigma/tras una realidad que no es real”. Y me lo dices así, como si nada, cuando dejo en el aire mi taza de café, y la gente que pasa no se entera. ¡Ah!, y por favor que alguien lea el poema “Olvido”, también “Decires”, que lo va a hacer mejor que yo.
Llega el mediodía. Mi monte se yergue pleno desafiando al calor. Los perros del valle optan por callarse desde las mínimas sombras, y yo sigo contigo, Julián, comenzando tu cuarta parte. Y reposto en tu poema “Me quedo”: “Me quedo así, esperando/extirpar lo que ha quedado en mí/por descuidado, que el hilo de sutura/me repare las llagas”.
Y llego a tu “Naturaleza urbana”, una joya de poema. Fijaos cómo nos habla de la vida en el asfalto…”la noche se ha escondido entre los bares”… A mí me habla de la soledad que se arrastra en el asfalto. Y llegamos a un insólito “Padre Nuestro”, traducido a femenino. Buena idea. Ya está bien de darle esencia masculina a todo lo trascendente. Y ya no hay árbol, ni monte, sólo este poema, “Incertidumbre” que no escapa de lo metafísico. Julián, al final de tu libro te estás poniendo serio: “Y nosotros, vencidos en la muerte/buscamos entender nuestras fronteras”. Hasta llegar a tu final, cerrando la cancela de la vida: “Dormir al fin, sin muerte y sin memoria”. Y no puedo llevarte la contraria, porque hasta ahí se puede leer.
Julián domina una poesía irónica y sincera que brota con su música de forma natural, sin alambicaciones de mal gusto. Va de la mano de la filosofía, y nos hace pensar. Y eso creo que es lo mejor que se puede decir de un libro. Así que os lo aconsejo.
 Blanca Sarasua



                                                   

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